ESTUDIO DE LA PALABRA| CICLO B – DOMINGO DE RAMOS

20 marzo 2024

DOMINGO DE RAMOS Ciclo B (Mc 14, 1-15-47)
ORACIÓN

Creemos que estás en medio de nosotros, Padre, y en nuestro interior;
creemos que el Espíritu de tu Hijo nos impulsa.
Te pedimos que no dejamos de estar abiertos al Espíritu,
y que sepamos escuchar sus insinuaciones.
Que venga sobre nosotros tu Espíritu
que nos ayude a conocer más a tu Hijo
a través de la Palabra que ahora escucharemos.

(B) PASOS PARA LA MEDITACIÓN

1. LEE…

¿Qué dice el texto?
Atiende a todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas. Para la comprensión del texto te pueden servir los comentarios que te ofrecemos a continuación.

Texto (Mc 14, 1-15-47) (Breve)

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: « ¿Eres tú el rey de los judíos?». Él respondió: «Tú lo dices». Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: « ¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas de acusan». Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba extrañado. Por la fiesta solía soltarles un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta. La muchedumbre que se había reunido comenzó a pedirle lo que era costumbre. Pilato les preguntó: « ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?». Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: « ¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?». Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo». Pilato les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho?». Ellos gritaron más fuerte: «Crucifícalo». Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio- al pretorio- y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: « ¡Salve, rey de los judíos!». Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacan para crucificarlo. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz. Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz». De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose: «A otros ha salvado y así mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos». También los otros crucificados lo insultaban. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: «Eloí Eloí, lemá sabaqtaní?». (Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Mira, llama a Elías». Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo: «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo». Y Jesús, dando un fuere grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Comentarios:

El momento de la salvación para Jesús y para el mundo llega con su muerte. El evangelista se limita a referir el hecho con impresionante sobriedad: Lanzando un fuerte grito, expiró. Se preocupa, no obstante, de encuadrarlo entre dos signos apocalípticos y entre dos frases cargadas de profundidad y de misterio: la una es la última oración de Jesús; la otra, la primera confesión de un pagano.

A las tinieblas en pleno día y en todo el país -símbolo de la tristeza de toda la creación y del alcance cósmico de aquel drama que se desarrolla en el Gólgota- sigue la oración atormentada de Jesús, que en el abismo de su soledad se siente abandonado incluso de Dios. Es un grito de verdadera angustia. Inútil resulta pretender endulzarlo, alegando que son las primeras palabras de un Salmo que termina en alabanza. Sin embargo, aun siendo la expresión de la experiencia más radical del sufrimiento solitario, el grito no deja de expresar a la vez el deseo de asirse a Dios contra toda experiencia, de reivindicar a Dios como Dios mío, aunque se muestre como Dios ausente. De este modo se convierte en un grito que asegura la realidad de Dios para todos los tiempos, incluso para aquellos en los que las dificultades de la vida no permiten aferrarlo. Si alguien se abre a él por un instante, no podrá cerrarse después a los gritos del enfermo, del hambriento, del oprimido, del condenado en nuestro mundo.

Al desgarrón del velo del templo -símbolo a la vez de su destrucción irremediable y de su apertura definitiva a todas las gentes- sigue la confesión del centurión pagano al contemplar el modo en que muere Jesús. Sus palabras no son para el evangelista un simple comentario de un testigo imparcial. Constituyen el punto de llegada de toda su obra, ofreciendo la respuesta completa al interrogante fundamental que constantemente ha intentado suscitar: ¿Quién es éste? En el Gólgota, en el momento de la derrota y del fracaso, después del abandono del Padre, en el instante mismo de la muerte, un pagano percibe la verdadera identidad de Jesús, aquello que le define en lo más íntimo de su ser: su filiación divina. En la muerte, por tanto, es donde se desvela por completo el misterio de la persona de Jesús. Las numerosas epifanías secretas a lo largo de todo el evangelio encuentran aquí su punto culminante. El hecho de que esta revelación plena sea percibida por un pagano significa que con la muerte de Jesús también ellos tienen acceso al templo con el velo rasgado, es decir, al lugar del encuentro con Dios, que no será ya un edificio de piedras, sino el mismo Jesús. También ellos entran a formar parte del pueblo de Dios, caracterizado no por un culto determinado, sino por la confesión de Jesús como Hijo de Dios.

Con la alusión a la valiente fidelidad de unas mujeres, que como modelos perfectos del auténtico discípulo contemplan desde lejos lo sucedido en el Gólgota (Mc 15 40-41), el evangelista nos invita a tender la mirada ya a otro lugar. Hay que dejar el Gólgota y centrar toda la atención sobre la tumba de Jesús. En torno a ella se desarrolla la última escena de la historia de la pasión, una escena que, ratificando la terrible realidad de la muerte de Jesús, constituye la conclusión esperanzadora y gozosa del drama del Calvario y del drama presentado a lo largo de todo el evangelio.

2. MEDITA…

¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Sugerencias:

“Opta por la paz y por el silencio, libremente asumido.”

“Abracemos con Cristo la vida nueva que Dios hará florecer en nosotros.”

– “Por tu Cruz y Resurrección nos has salvado, Señor.”
– “Mi Dios y mi todo”

3. CONTEMPLA Y REZA…

¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Sugerencias:

Aquí estoy Señor. Esto es lo que soy.
Permíteme celebrar con tu gozo estos días de Pascua.
Tú vas a pasar entre nosotros. No permitas que me ausente.
Me dices: “He deseado tanto celebrar esta Pascuan contigo”.
Yo también, Señor, deseo celebrar contigo esta Pascua.

4. ACTÚA…
¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

5. COMPARTE…
Si la Lectio se hace en grupo, podéis compartir con sencillez lo que cada uno ha descubierto, para enriquecimiento del grupo.

6. DA GRACIAS…
Puedes acabar este momento con una oración: expresa a Dios lo que has vivido, dale gracias por lo que te ha manifestado, y pide al Espíritu que te haga pasar de la Palabra a la vida.

Gracias, Padre, por lo que me has revelado con esta Palabra.
Ayúdame a progresar en el conocimiento de tu Hijo, Jesús,
y hazme dócil a la acción del Espíritu en mi vida.

Fuente Oración: Evangelio al dia 2020 Ed. CCS

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