Construir familia a partir de los rituales diarios

28 junio 2017

“El amor dura toda la vida recomenzando cada día”, he aquí la esencia del amor, esencia que el sacerdote A.M. Carré, condensó en una sola máxima que decía siempre a las parejas que asistían durante la Misa de bodas: “Esposos para siempre, permaneced novios”. Y ¿cómo se hace para ser fieles toda la vida? Amando con el ritual de cada día: el beso, el saludo, el abrazo, y mil gestos que son rituales y que nunca deben convertirse en rutinarias. El Rector Mayor en el Aguinaldo invita a construir familia viviendo “un amor fiel, para siempre y abierto a la vida”.  

Cenar todos juntos alrededor de la misma mesa, es un ritual familiar, lo mismo que un fin de semana romántico lo es para la pareja.

Los rituales contribuyen a reforzar los lazos que une a las personas y a veces crean otros, nuevos y más estable dentro de la familia.  Los lazos familiares corren el riesgo de debilitarse arrastrados por el frenesí del mundo actual, en el cual nada parece estable y cierto, por lo tanto, las familias pueden cuidar la “unión” solo si sus miembros toman la decisión de comprometerse en mantener algunos ritos y sus tradiciones hasta consolidarlos.

Los ritos, contribuyen a dar un sentido de identidad y de unión entre los miembros, los cuales van encontrando poco a poco en el núcleo familiar, seguridad y garantía de afecto estable

Así como los actos de rutina, los rituales son repetitivos, tanto que se tornan predecibles. Cada uno sabe qué debe esperar y cuáles son sus responsabilidades.

Existe, sin embargo, una diferencia importante: los rituales diversamente de los actos de rutina, tienen un significado simbólico muy fuerte para la familia que los adquiere.

Vestirse por la mañana es una rutina, saludar a la pareja o al hijo con un beso antes de salir de casa, es un ritual.  La diferencia está en que, así como vestirse todos los días es un hábito, el beso encierra en sí un valor importante, puede por ejemplo significar “te quiero mucho… te extrañaré”.

Almorzar juntos los domingos, descansar juntos al final del día comiendo un helado o tomando un café, son ejemplos de rituales y cada familia a lo largo del tiempo va incorporando en su vida, los que más le convienen.

Mientras los hijos son pequeños se celebran muchos rituales que facilitan su crecimiento: alimentarlos, bañarlos, acostarlos, leerles un libro antes de dormir… Pero cada vez que se realizan estas acciones, se van consolidando los vínculos entre padres e hijos.

Un ritual entonces, es cualquier espacio en el cual los padres y los hijos pueden tener, seguros de encontrar una ocasión de encuentro significativo con las personas amadas, un modo especial de reforzar cada día los lazos emocionales.

Finalmente, los rituales representan preciosos momentos de comunión entorno a los ritos, capaces garantizar el sentido de seguridad y protección que tanto necesitamos para experimentar serenidad y equilibrio. Nos hacen sentir parte de nuestra familia y nos ofrecen el espacio apropiado para comunicarnos y mantener vivo el vínculo con los otros.

El poder de los rituales es precisamente este: crear ocasiones de encuentro en los momentos de dificultad y naturalmente, fortalecer los vínculos cuando regresa la armonía a la relación. 
 

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