Chicos de la calle: un tren hacia la primavera

4 noviembre 2015

Se montó en ese tren con destino a Andhra Pradesh. No pasó la aduana del idioma; no entendió nada. Tuvo entonces que volver a su punto de partida, pero en Tamil Nadu tampoco le esperaba nadie. No lo parece, pero ésta es la historia de alguien que sólo es un niño.

Arvind tiene nueve años. Para él, Tamil Nadu era su tía. Y su tía le pegaba. Nació en Trichy y no tiene padres. No recuerda nada más. Prefirió quedarse en la calle, tratar de sobrevivir, como otros tantísimos chavales que, siendo niños, empezaron a vender los envases que encontraban desechados -vasitos de café- para poder comer algo.

Chicos de la calle, príncipes de nada, mastican contaminación y no piden nada. Pero un día un salesiano les encuentra. Los comienzos de las grandes cosas siempre son así de sencillos: primero uno, con nombre y apellidos; luego otro, y otro, hasta que llega el día en que cualquier persona que ve a un niño vagabundear por las calles de Chennai puede conducirle a los centros de los fathers. Porque aquí todo el mundo les conoce y aprecia su labor.

Hoy los salesianos tienen sólo en esta ciudad tres orfanatos -en 1985 tuvo lugar la primera apertura- para niños de la calle: dos masculinos y otro femenino. Fr. Johnson Bashyam lleva seis años dirigiéndolos todos. Antes de ello, pasó un tiempo en las Islas Andamán, ayudando tras el tsunami, y todavía antes dedicó 25 años a los chicos de la calle, esta vez en Andhra. Conoce las dos caras.

¿Qué pesará más: tres meses en la calle o a saber cuántos golpes dentro de casa? Miro a Arvind y evito formularle esa pregunta. Su rostro, su tristeza interrogativa, parece también desear formular alguna, pero no responde a la mía, aunque creo que se la imagina. ¿Qué cosas te gustan? Las ciencias y jugar al ajedrez. Le conozco en la sede del Don Bosco Ambu Illam Social Service Society (DBAI), donde Fr. Johnson y su equipo coordinan las tres boys homes y los otros proyectos.

Porque han ido creciendo y actualmente atienden a más de mil chavales. No sólo sin hogar, sino en desventaja social. Intervienen en trece slums y los chicos de allí tienen toda la flexibilidad ofrecida: pueden decidir cuándo entrar o salir, dormir en las instalaciones de los salesianos o en su slum… Cuando quieran y lo que quieran, quizá desde los cinco años, tal vez hasta los veinte. Porque los salesianos no les obligan a volar cuando cumplen la mayoría de edad: muchos de ellos viven allí mientras trabajan por ejemplo en el Pizza Hut y van a la universidad. Es un proyecto cuanto menos revolucionario.
 

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