Mírate el ombligo

27 mayo 2016

Comentaba un periodista muy conocido en las ondas que estamos asistiendo a una “crisis de alteridad”. Puede resultar alarmante, y no es mi intención alamar a nadie, pero los que creemos en el poder transformador de la educación nos debe preocupar mucho esta situación. La “crisis de alteridad” tiene sus causas, como todos los fenómenos sociales. En este caso son muchas y muy variopintas, pero no tratamos de hacer un estudio sociológico. Quiero sintetizarlo y comentarlo desde una expresión muy española “mirarse el ombligo”. 


“Mirarse el ombligo” siempre ha sido sinónimo de poner mucha atención en los problemas propios y olvidarse de los ajenos. Es decir de vivir una vida ególatra y autosuficiente, o como dice el Papa, de “autorreferencialidad”. Una forma de estar pendiente sólo de mí mismo, de afrontar la vida sólo y exclusivamente desde mis intereses personales.

Os propongo ir un poco más allá. Esta postura incomoda para las cervicales y difícil de mantener por más de un instante, tiene además consecuencia para “los otros”, y no me refiero a los protagonistas de la famosa película de Amenábar. 

Si lo pensamos bien, “mirarnos el ombligo” nos recuerda que estuvimos durante nueve meses unidos a la placenta e insertos en el mundo agradable y cálido del vientre de nuestra madre.  Son nuestros orígenes y si lo contemplamos bien nos hará recordar a nuestros progenitores que nos dieron la vida, ese gran regalo que no pedimos, pero que recibimos gratis a través de otros creados por el creador. Es bueno de vez en cuando, auscultar la situación de ese punto de nuestro cuerpo, que nos remonta a nuestros orígenes. 

El ombligo permanece en el mismo lugar toda nuestra existencia en este mundo, para recordarnos que la vida la hemos recibido gratis de otros. Dejarnos de mirar el ombligo sería olvidar nuestros orígenes, olvidar lo que somos. Olvidar que somos criaturas que hemos recibido la vida de otros, nos convierte en monstruos capaces de realizar las mayores aberraciones contra los seres de la creación y nuestros semejantes. 

Jacques Derrida afirma en uno de sus escritos filosóficos: “Soy heredero de tantas cosas, buenas o terribles (…) Pedirme que renuncie a lo que formó, a lo que tanto amé, a lo que fue mi ley, es pedirme que me muera. En esta fidelidad hay una especia de instinto de conservación”. Herederos biológicos desde nuestra concepción del instinto de supervivencia, de la necesidad de los otros para sobrevivir y para progresar. La alteridad define nuestra identidad. La comunicación en su sentido más puro es intercambio desde el ser. Lo que soy se lo debo a otros y lo que hago influye siempre en otros.  Los otros me han hecho ser lo que soy y me ayudan a seguir descubriendo que estoy llamado a ser. 

Mal regusto el que dejan las noticias de estos días en las que contemplamos las actitudes más escabrosas del ser humano. Cuento todo esto, porque las escenas que hemos podido ver en televisión protagonizadas por unos aficionados holandeses  humillando y vejando a unas mendigas en la Plaza Mayor de Madrid, me han dejado mal regusto y me han removido las entrañas en lo más profundo de mi ser, debajo de mi ombligo, y me he preguntado, como tantos en este país, ¿cómo es posible estas actitudes tan escabrosas en el ser humano?

No puede ser otro el motivo que el olvido de lo que somos, de donde venimos, de cual es nuestra historia Esta falta de memoria nos origina una lógica de autonomía estéril y paralizante. Si vivimos pensando que cada uno ha conseguido lo que es y lo que tiene por si mismo y se piensa además, mejor que los otros y que estos “otros” sólo vienen a robarme lo que he conseguido con tanto esfuerzo, entonces empezará a crecer el miedo y veremos a “los otros” como enemigos y sólo nos quedará humillarlos como animales, para herirlos en su dignidad humana más esencial. Este será el modo de actuar de algunos inmemoriados seres humanos que no ven “al otro” con el ombligo en el mismo sitio que él. Les faltará verse el ombligo con un poco más de detalle. 

A los que hemos decidido educar como tarea prioritaria en nuestro mundo, y somos conscientes que la educación es el motor de transformación de la sociedad, nos queda ser autocríticos y pensar cómo estamos educando a los chicos y chicas que se sientan cada día en los pupitres de nuestras escuelas. Educar a ciudadanos es educar en la justicia, en la libertad, pero sobre todo en la alteridad. El otro es como tú y como yo. El ciudadano de Nazaret más famoso de la historia nos ayudó a descubrir con una maestría divina quiénes somos, de dónde venimos y a qué estamos llamados para ser felices. El amor, abrir el corazón al otro sin derecho de admisión, incondicionalmente, sin miedo, aunque te cueste el desprecio y la muerte. La presencia del Resucitado no cierra ninguna puerta, las abre todas, para nunca más cerrarlas. Nuestro corazón bombeará con más fuerza al abrirse a aquellos que son diferentes o no piensan como nosotros. 
 

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