Cardenal Cristóbal López Romero: «En Marruecos el manejo de la pandemia ha sido ejemplar»

6 agosto 2020

Este país magrebí, que empezó siendo uno de más azotados por la pandemia en todo el continente, se ha convertido hoy en un ejemplo a imitar en vista del éxito en su control, según el cardenal López Romero. ECCLESIA ha conversado con él.

—Eminencia, ¿cómo ha pasado usted estos últimos meses de confinamiento?
—Sanitariamente, con mucha tranquilidad, porque en Marruecos el manejo de la pandemia ha sido ejemplar y exitoso: apenas 220 defunciones desde el inicio hasta ahora. Pero he tenido más trabajo que nunca, puesto que se han multiplicado los esfuerzos y las iniciativas por mantener la comunión entre todos los cristianos (con una creatividad remarcable de parte de muchos sacerdotes y laicos) y por servir a la multitud de personas en situación de migración que se quedaron literalmente sin nada de la noche a la mañana y que han pasado verdaderos apuros para sobrevivir.

—¿Y cómo se ha visto desde Rabat la situación que hemos vivido en España, con tantos muertos?
—Con estupor y preocupación. A mí me impresionaban las cifras, especialmente cuando en un solo día fallecían más de 1.000 personas. He sufrido también por la pérdida de varias decenas de hermanos salesianos, algunos de ellos muy cercanos, fallecidos en las diferentes comunidades de España.

—¿Ha afectado mucho la pandemia a la archidiócesis de Rabat?
—En lo sanitario, nada. En lo social y económico, mucho. Muchos laicos, especialmente subsaharianos, se han visto privados de sus recursos naturales de vida. Las parroquias han perdido su principal fuente de subsistencia económica: las colectas de las misas. Pastoral y espiritualmente ha sido la ocasión de descubrir nuevos caminos para la evangelización y una mayor y más profunda implicación de los laicos en la vida eclesial.

—¿Qué ha hecho la Iglesia de Rabat en estos meses? ¿Han repartido ustedes también alimentos entre los necesitados, kits de higiene, etc.?
—Ha habido un movimiento de solidaridad increíble en las diferentes parroquias y de diversas formas. Si valoráramos en dinero todos los alimentos y kits de higiene distribuidos, fácilmente llegaríamos a los 250.000 euros, lo que para Marruecos es una cantidad considerable. Además, hemos acogido en Oujda, Meknès y Rabat a unas 170 personas que han vivido todo o gran parte del confinamiento en estructuras eclesiales. Todo ello ha sido posible por el gran despliegue solidario de musulmanes y cristianos, de asociaciones y particulares, que han contribuido financieramente o en especie.

—¿Han podido celebrar en algún momento Eucaristías presenciales, o han tenido que recurrir también a celebraciones telemáticas por el cierre de los templos?
—Desde el inicio del estado de urgencia sanitario, hace ya más de tres meses, todas las celebraciones públicas de culto (musulmanas, cristianas y judías) fueron suspendidas… y ahora esperamos la reapertura de los centros de culto. Ello ha tenido como consecuencia positiva un florecimiento de las iniciativas telemáticas: misas, momentos de oración, temas de meditación y reflexión, etc.

—En otras partes, algunos cristianos no han llevado nada bien el cierre de los templos y eso de las Eucaristías por vía telemática. ¿Cómo se ha vivido este tema en Marruecos? Usted ha escrito que «se es cristiano las 24 horas del día y los 7 días de la semana, no solo cuando vamos a la iglesia a misa».
—Ciertamente; somos cristianos a tiempo pleno y completo. Aquí hemos vivido esta «privación» con dolor, paciencia y positividad, intentando poner buena cara al mal tiempo y sacar provecho de circunstancias que son, en sí mismas, negativas, pero que pueden derivar en consecuencias positivas.

—¿Han podido celebrar funerales?
—Yo mismo celebré en la discreción y estricta privacidad el funeral de un franciscano sacerdote, y creo que en alguna parroquia se ha hecho algún entierro… Pero no creo que haya habido más de cuatro o cinco cristianos difuntos en estos meses, y ninguno en relación al coronavirus.

—Junto a Sudáfrica y Egipto, Marruecos empezó siendo uno de los países de África más castigados por la pandemia. Y sin embargo hoy ocupa el séptimo lugar continental, con «solo» 212 muertos y 11.338 contagios, a fecha 26 de junio. Algo han tenido que hacer bien sus autoridades para lograr contener la amenaza. ¿Qué ha sido? ¿Cuáles han sido exactamente las medidas que se han adoptado allí?
—Se decretó el estado de urgencia a tiempo y, entre otras medidas, el confinamiento, que se ha seguido con una notable disciplina de parte de todo el pueblo. Hay que valorar la manera tranquila y resignada con que el pueblo marroquí, musulmán al 99,5%, ha vivido el Ramadán, un mes en el que salir a la calle, pasear cada noche, participar de la oración extraordinaria de cada día, eran puntos ineludibles… Las autoridades han estado muy vigilantes y exigentes, sobre todo en los primeros momentos, y han hecho todo lo posible por paliar las consecuencias negativas del parón económico.

—¿No se han colapsado los hospitales? ¿Han podido conseguir mascarillas y respiradores? ¿Ha habido bajas entre el personal sanitario? ¿Ha entrado el virus en las residencias de ancianos, como en España?
—El sistema sanitario marroquí no se ha colapsado en ningún momento. Tampoco, que yo sepa, han faltado respiradores; han sido relativamente pocos los enfermos que han requerido cuidados intensivos. Marruecos se lanzó desde el principio a la fabricación de mascarillas, de manera que no solo ha podido abastecer el mercado interior, sino exportar varios millones de ellas a países terceros y donar material sanitario a una buena veintena de países africanos. En Marruecos hay muy pocas residencias de ancianos, porque el pueblo marroquí está orgulloso de hacerse cargo de sus mayores (que no son muchos). No conozco de ninguna residencia que haya tenido problemas especiales. Donde sí ha habido focos últimamente ha sido en unidades de procesamiento agrícola (cosecha de frutos rojos y acondicionamiento de los mismos) y en algunas plantas industriales. Imagino que habrá habido trabajadores sanitarios contagiados, pero ciertamente no de una manera masiva y notable.

—Desde el 14 de marzo hasta el 19 de mayo en España hubo 8.400 detenidos y más de un millón de multas por violar las disposiciones del estado de alarma. ¿Cómo se han comportado los marroquíes en estos meses?
—En general, como digo, con mucha disciplina y respeto de las normas. Pero también ha habido algún desborde en momentos y lugares puntuales. Un domingo que hacía muy buen tiempo la unidad de caballería de la policía tuvo que dispersar a una multitud que se había aglomerado en la playa de Rabat… pero es la excepción que confirma la regla del buen comportamiento general.

—Me hablaba antes de nuevos focos. Hace unos días hubo uno en la región de Kenitra. ¿Es grave? Se hablaba de unos 900 casos.
—Sí, se trata de la región donde se cultivan más fresas y frutos rojos, y miles de trabajadoras son contratadas para la cosecha. Es una zona rural de mucha producción y de no mucha densidad poblacional, por lo que los riesgos quedan minimizados y con posibilidades de control. Parece que los diversos focos están bajo control. La mayoría de los casos son asintomáticos y no requieren de hospitalización, pero están todos confinados en lugares adecuados. En estos momentos todos los enfermos que requieren hospitalización están concentrados en solo dos hospitales de Marruecos, para permitir que el resto del sistema público sanitario funcione normalmente y esté abierto a la población en general.

—¿Pueden dispararse ahora los contagios con la operación «paso del Estrecho»?
—Según mi información, la operación «paso del Estrecho» está suspendida, no se llevará a cabo. Realmente la entrada de tres millones y medio de marroquíes más otros tantos turistas llegados cada año a través del Estrecho supondría un grave peligro, imposible de controlar. Yo creo que se abrirá el espacio aéreo (todavía cerrado a primero de julio), ya que las llegadas de aviones son fáciles de controlar y aportan una cantidad muy relativa de visitantes.

—Monseñor, ¿nos va a cambiar esta pandemia en algo? ¿Nos va a hacer mejores personas, más solidarios y preocupados por el prójimo, menos aferrados a las cosas materiales y más centrados en lo verdaderamente importante?
—Ojalá sea así. Esta experiencia, negativa en sí misma, puede dar esos frutos positivos… Pero depende de la actitud, de la reacción y del esfuerzo de cada persona, de cada familia, de la Iglesia, de las asociaciones… No va a ser algo automático. Dejar atrás el egoísmo y el individualismo para reemplazarlos por la solidaridad y el espíritu comunitario exigirá siempre renuncia, lucha contra nosotros mismos, esfuerzo…

—Una de las cosas que hemos aprendido en los últimos meses es a valorar la cercanía y presencia de los demás, especialmente de nuestros seres queridos. Asimismo, durante unas pocas semanas hemos visto ciudades más habitables, limpias de contaminación. ¿Vamos a llegar a cuestionarnos nuestros hábitos de vida o, cuando se nos pase el miedo y haya vacuna, volveremos a las andadas? ¿Habrá sido esta una oportunidad perdida para hacer posible «otro mundo»?
—¡Quién sabe! Dentro de uno, o tres, o cinco años veremos. Pero ciertamente será una ocasión perdida si no aprovechamos lo vivido para aprender a vivir con otro estilo en el que, como dice Pablo d’Ors, «menos es más». Menos palabras, más silencio. Menos materialismo, más espiritualidad. Menos consumo, más austeridad. Menos individualismo, más fraternidad y comunidad.

—Una de las disposiciones que adoptó el reino marroquí fue la excarcelación de presos para evitar la propagación del COVID en las cárceles. Medidas similares se tomaron también en Irán, Afganistán, Indonesia, Turquía, Túnez, Argelia y Libia…, países musulmanes todos ellos. ¿Por qué en los países cristianos no ha habido excarcelaciones?
—Bueno, la excarcelación en Marruecos fue muy relativa, porque afecto quizás al 1%-2% de presos; no es que hubiera una salida masiva… Curiosamente solo en una cárcel hubo problemas de contagio, pero no entre los presos, sino entre los funcionarios de prisiones.

—Usted pasó muchos años como misionero en Paraguay antes de recalar en Marruecos. De hecho, creo que tiene también la nacionalidad de aquel país. ¿Mantiene contacto con sus gentes? ¿Sabe cómo se está viviendo la pandemia allí?
—Soy, con sano orgullo, de nacionalidad paraguaya, privilegio que agradezco al Estado y pueblo paraguayo. Y si he contado todas estas cosas positivas que he dicho anteriormente sobre Marruecos y su manejo de la pandemia, con respecto a Paraguay hay que multiplicar el elogio por cinco o por diez. ¿Qué son 17 fallecidos en una población de 7 millones de habitantes y 2.221 casos de infectados? Hay que quitarse el sombrero ante estos países que muchas veces son infravalorados e incluso menospreciados, pero que de tanto en tanto pueden darnos alguna lección a los «soberbios» europeos, sobre todo a los que piensan que nada bueno puede haber fuera de sus fronteras, y que fuera de ellas todo es miseria, subdesarrollo y salvajismo.

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