Conociendo a Ignacio Clemente, Carmelita Descalzo

29 abril 2021

Este Carmelita Descalzo es hijo de un cirujano y de una decoradora, y además, es el pequeño de tres hermanos. Ignacio nació en Huesca en 1984. Hizo el Grado Superior de Diseño Industrial. Al acabarlo, comenzó a trabajar. En el año 2012 vivió una experiencia religiosa que le cambió la vida. Comenzó un proceso de búsqueda y de discernimiento que le llevó finalmente a ingresar en la Orden del Carmelo Descalzo, emitiendo sus primeros votos hace tres años cuando terminó el noviciado. En todo este proceso recibió la gran ayuda de un director espiritual salesiano, el padre Ramón Dieste, hoy destinado en la obra salesiana de Lérida.

Ignacio es un gran aficionado al flamenco. Le encanta tocar la caja y bailar. Siendo ya fraile, en más de una ocasión le han pedido que baile, y él con mucha alegría, lo ha hecho.

En estos momentos reside en Madrid realizado sus estudios de Teología en Comillas, junto a otros frailes, religiosos y religiosas de otras órdenes, y seglares. Se siente feliz con su vocación.

VyS: Ignacio, ¿quiénes son los frailes carmelitas descalzos en la Iglesia?

Ig: Nos llamamos: “Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo”, ¡hermanos de la Virgen!, un título así ya en el s. XII, un concepto revolucionario. Nuestra vida gira en torno a la fraternidad y la oración, al ejemplo de María, meditando día y noche la Palabra del Señor y como ella guardándola en el silencio de nuestro corazón (oración). Nuestra misión y servicio a la Iglesia es vivir y ayudar a vivir a todo el mundo, la amistad con Dios.

 

VyS: Tu historia vocacional surge tras una experiencia fuerte de encuentro con el Señor, ¿cómo fue eso? 

Ig: A pesar de haber recibido una educación católica en un colegio religioso y haber recibido el bautismo, la comunión y la confirmación, yo siempre fui un joven muy inquieto y buscador de muchas realidades. Mi ignorancia y osadía juvenil me hicieron “pasar” de la Iglesia, ir “a mi aire”, creyéndome así que sería más libre, pero no, vivir esclavo de mis deseos. Dios me cautivó, me liberó y me convirtió de un plumazo cuando me confesé con un monje benedictino a la edad de 28 años. Algo que nunca hubiera imaginado.

 

VyS: ¿Qué te llevó a ser Carmelita?

Ig: En mi época juvenil “fuera de la Iglesia”, trabajé 10 años como monitor de jóvenes con síndrome de Down, Autistas, etc…, y como voluntario con los HH. Franciscanos de Cruz Blanca (Huesca). Esa gente me hacía muy, pero que muy feliz; pero sentía que algo me faltaba. Sergio, un amigo de mi padre, en 4º de Medicina le llegó la llamada y se hizo Carmelita Descalzo, y desde que soy pequeño —nos venía a ver una vez al año a casa—, siempre me ha atraído mucho su persona, su paz, su sabiduría, siempre quise ser como él.

 

VyS: ¿Cómo reaccionó tu familia cuando dijiste que querías ser Carmelita?

Ig: Mi madre siempre fue la roca firme de la fe en la familia, mi timón y mi punto de referencia en la fe,… así que cuando les di la noticia se alegraron muchísimo. En cierto modo, como me habían visto tantos años como voluntario con los franciscanos, se lo esperaban, pero mi madre le sorprendió que no hubiera elegido una congregación de activismo social o cuidado de enfermos y yo le respondí: “mamá, llevo muchos años hacia fuera, y siento que ahora Dios me llama a vivir hacia dentro”.

 

VyS: ¿Te has encontrado con algunas dificultades? ¿Cómo las has resuelto?

Ig: Por supuesto, yo siempre digo que los cristianos podemos llegar a tener los mismos problemas (interiores o exteriores) que todo el mundo, sean agnósticos, ateos o de otras religiones, la única diferencia con ellos es que tratamos de vivir abiertos a la gracia de Dios, esa fuerza misteriosa que nos sostiene y nos hace vivir cualquier situación por dificultosa que sea, con esperanza y gozo indescriptible. Cuanto más me abro a la acción de esa gracia, más fácilmente se soluciona toda dificultad.

 

VyS: ¿Qué ha aportado a tu vida el ser fraile Carmelita?

Ig:  Yo más que hablar de un “qué” hablaría de un “Quien”, con mayúscula, ese Quién es el que ha aportado un cambio radical a toda mi existencia, y cuanto más lo conozco más me enamoro de Él. Su persona viva, sus palabras, sus miradas, sus acciones, me llena de dignidad, de paz, de alegría, de esperanza y me hacen mirarme a mí, y mirar a los demás con otros ojos nuevos, con sus ojos, esa persona se llama: JESUCRISTO.

 

Muchas gracias 

Jorge J. Reyes, sdb 

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