VIVIR A FONDO | CICLO C – XX DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

8 agosto 2022

Lc 12, 32-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

Por los caminos de Galilea Jesús se esforzaba por contagiar el «fuego» que quemaba en su corazón. En la tradición cristiana han quedado huellas diversas de su deseo. Lucas lo recoge así: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! ».

Jesús desea que el fuego que lleva dentro tome de verdad, que no lo apague nadie sino que se entienda por toda la tierra y que el mundo entero se queme. Quien se aproxima a Jesús con los ojos abiertos y el corazón encendido, va descubriendo que el «fuego» que quema en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Esto es lo que lo mueve, lo motiva y le hace vivir buscando el Reino de Dios y su justicia hasta la muerte.

Esta pasión por Dios y por los pobres viene de Jesús y sólo se enciende en sus seguidores al contacto de su evangelio y de su espíritu renovador. Va más allá de lo que es convencional. Poco tiene que ver con la rutina del buen orden y la frialdad de lo normativo. Sin este fuego, la vida cristiana acaba extinguiéndose.

Las palabras de Jesús nos invitan a dejarnos encender por su Espíritu sin perdernos en cuestiones secundarias y periféricas.

Señor, que no ponga más barreras,

más cortafuegos,

a tu Palabra, al Evangelio.

Que los que me rodean sientan

el fuego acogedor

de quien vive según tu Palabra.

Que, como sucede cuando

uno mira el fuego en una chimenea,

me deje hipnotizar por tu mensaje.

Ilumina Señor,

con la luz de tu Palabra,

cada rincón de mi vida.

Quien se deja conducir por el Espíritu, conseguirá abrirse a estos horizontes de reciprocidad hacia donde le conduce el más profundo de sus deseos. En la medida en la que, gracias a esta docilidad al Espíritu, vaya avanzando por este camino, su esfuerzo irá creando en él un ser humano cada vez más capaz de compartir con los otros. Este darse mutuamente la existencia por medio de relaciones de reciprocidad, irá transformándose en sal que da a su vida el verdadero sabor humano.

De El deseo de Jesús. La Eucaristía como mesa, memoria y asamblea, Santander 1982, pp.36-37

 

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