VIVIR A FONDO | CICLO C – VII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

14 febrero 2022

Lc 6,27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Es Cristo el que rompe esa reciprocidad basada en el “a igual daño, igual reparación” viviendo en primera persona el límite de la gratuidad. Es difícil para el ser humano, se diría casi imposible, de no ser por la gracia de Dios, el “pagar” el mal con bien, y si éste es la vida, es el supremo bien. El ser humano tiende a amar por algún interés a cambio.

El amor “oblativo” que Cristo dio a cambio de no pedir nada, no solo no escandalizó a los de su tiempo, que no podían recompensarlo, sino que llega hasta hoy, impulsando a amar incluso a aquellos que lo devuelvan con la enemistad, la calumnia, la opresión, etc.

Éste amor de pura gracia racionaliza al ser humano poniéndolo por encima de la irracionalidad encargada de crear rencor -ley de la reciprocidad (Talión).

El verdadero amor es el amor “maduro: «Me aman porque amo», y también «Te necesito porque te amo». Este amor siente la necesidad de la unión y el compartir lo que implica la compasión (padecer con) y tiene la potencialidad de engendrar más amor (cf. E. Fromm, “El arte de amar”). Y en palabras de Santo Tomás el amor verdadero crece con la dificultad. Éste es el mayo escoyo del amor y a la vez el mayor índice de “resurrección” del alma humana: perdonar al enemigo.

Ponte ante la presencia del Señor…

Señor, nos dices que es necesario querer al enemigo y poner la otra mejilla.

No sé si te das cuenta de lo que nos recomiendas hacer porque realmente esto rompe toda lógica y humanamente resulta incomprensible.

¿Por qué, entonces, esta obstinación Tuya a hacernos ver que sólo el amor hacia los demás, incluso también a aquellos que nos quieren mal, es el verdadero antídoto contra el odio, el rencor y todo tipo de violencia?

Te pido Padre que me ayudes a vivir la capacidad de amor universal que vivió tu hijo Jesús.

Ayúdame, Señor, a darme cuenta que “ojo por ojo y diente por diente” no llevan más que a la destrucción de todas las cosas.

Dame fuerza para vencer a esta inercia humana que nos empuja a seguir aquello que humanamente parece más normal, como es devolvernos.

Lléname de toda la generosidad necesaria para saber y poder querer hasta las últimas consecuencias.

SALMO PARA LA ORACIÓN

Dios mío,
sólo tu ayuda y tu ternura
pueden curar mi herida.
Sólo tu benevolencia y tu generosidad
pueden enriquecer mi pobreza.
Nada calma mi miedo fuera de tu favor.
Nada me aparta de mi debilidad si no es tu fuerza.
Mi deseo no se apaga si no es con tu generosidad.
Sólo tú puedes satisfacer la necesidad que tengo de ti.
Sólo tu misericordia consuela mi tristeza.
Sólo tu piedad disipa mi desgracia.
Sólo tu alegría puede fundir mi pena.
Y nada no me guarece, enfermo como estoy, si no es tu cura.
Oh tú, que sacias a los que en ti esperan,
último recurso de los que te invocan,
meta final de aquellos quienes te buscan,
supremo anhelo de los que te desean!
Oh protector de los santos, seguridad de los temerosos,
proveedor de los necesitados, heredad de los desposeídos,
tesoro de los desgraciados, socorro de los amenazados.
Tú, que satisfaces las necesidades de los pobres,
oh generoso y misericordioso.
Apacigua mi ser con el frescor de tus dones,
derrama sobre mí tus favores.
Estoy aquí, esperando, a las puertas de tu generosidad,
expuesto al aliento de tu benevolencia, fijado en ti, tomado por ti.
¡Ayúdame, oh tu, que asistes a todos!
Dios mío, ten piedad de tu servidor,
otórgale la abundancia de tus riquezas,
consérvalo bajo tu protección.
¡Tú que eres bueno, Tú que eres grande, Tú, el Misericordioso!

                                                             (Mí ben Husayn. Año 680)

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