VIVIR A FONDO | CICLO C – IV DOMINGO DE ADVIENTO

13 diciembre 2021

Lc 1, 39-45

En aquellos días, María se puso de camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: —«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

Llegamos a la cuarta semana de adviento. Faltan cinco días para celebrar el nacimiento de Jesús, celebrar el Dios que baja y se hace hombre. Llevamos días preparando la fiesta. , ¿Cómo va la preparación de nuestro corazón? ¿Nuestra persona, nuestro ser, está preparado para recibir al niño Dios?

Ante estas preguntas el evangelista se fija en María. Una mujer embarazada que prepara su cuerpo y su corazón para recibir al Señor. Ella se pone en camino y sube a la montaña, símbolo de un camino iniciático que empieza y acepta. Ha aceptado la voluntad de Dios y se pone en marcha. ¿Y tú? ¿Cuál es la voluntad de Dios para ti? ¿Te has puesto en marcha?

La que será madre de Dios va al encuentro de su prima. Ella se acerca, es ella que inicia el movimiento cuando ella es la más grande, pues ha sido escogida para ser la madre de un bebé que cambiará  y dará un nuevo sentido a la historia. Quien quiera seguir a Jesús deberá ponerse al frente de aquellos que sirven y ayudan.

Dichosa/o tú por haber creído.

Cuando llega a casa de su prima, los ojos de la fe se abren y la realidad cambia totalmente. La vida, vista desde los ojos de la fe, obtiene un significado nuevo que lleva a alabar y bendecir a Dios por las maravillas que realiza en nuestra vida.

Dichosa/o tú por haber creído.

Mira, Señor, esta vasija vacía que debería estar llena.

Mi Señor, llénala.

Soy débil de fe, fortaléceme.

Soy frío en amor, dame calor y hazme ardiente

para poder amar a mi prójimo.

No tengo una fe firme y fuerte;

a veces dudo y soy incapaz de confiar plenamente en Ti.

Oh Señor, ayúdame.

Fortalece mi fe y mi confianza en Ti.

En Ti he sellado los tesoros de todo lo que tengo.

Soy pobre, Tú eres rico y misericordioso para con el pobre.

Soy pecador, Tú eres justo.

En mí hay pecado en abundancia;

en Ti se encuentra la plenitud de la justicia.

Permaneceré, pues, contigo, de quien puedo recibir

pero a quien no puedo dar.

                                      (“Una fe fuerte”, de Martín Lutero)

DOCE ACTITUDES DE LA VIDA EVANGELIZADORA

1- Saber acoger el Evangelio que nos viene a buscar y dejarse convertir por él.

2- No hacer nunca sombra al Evangelio, ni con nuestra cultura, ni con nuestro protagonismo ni con nuestro miedo.

3- Predicar el Evangelio con la vida. Sólo así seremos testigos, compañeros del Testigo Fiel, y de tantos hermanos y hermanas testigos.

4- Practicar, celebrar y anunciar el Evangelio en comunidad eclesial.

5- Cómo quería Jesús, derramar la Buena Nueva como sal, fermento, luz, semilla, en cada sociedad, en cada persona, en cada lucha, en cada esperanza.

6- Recordar siempre que Dios es un Evangelio más grande que el Evangelio escrito, y dar, presentar el Evangelio con mucha delicadeza, como quien da un beso de Dios.

7- No olvidar nunca que el Evangelio conlleva la Cruz.

8- Hacer de verdad, como lo hacía Jesús, que el Evangelio sea de los pobres y que pueda llegar a todo el mundo.

9- Orar el Evangelio. Profundizar el Evangelio en el silencio de la gratuidad y de la disponibilidad. Hacer el Evangelio con la profecía de los hechos.

10- Convocar a todo el mundo alrededor del Evangelio y atraer para Jesús muchos discípulos.

11- Anunciar el Evangelio como el único verdadero Nuevo Orden Mundial capaz de hacernos a todos hermanos y hermanas en un solo mundo humano.

12 – Saber esperar, con insistencia Pascual, la Buena Nueva definitiva de ¡Aquel que viene!

                                                    Pere Casaldàliga