VIVIR A FONDO | CICLO B – XX DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

9 agosto 2021

Lc 1,39-56

En aquellos días María se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y dijo alzando la voz: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Y cómo es que la madre de mi Señor viene a mí? Tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Dichosa tú que has creído que se cumplirán las cosas que te ha dicho el Señor!». María dijo: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humilde condición de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque el todopoderoso ha hecho conmigo cosas grandes, su nombre es santo; su misericordia de generación en generación para todos sus fieles. Ha desplegado la fuerza de su brazo, ha destruido los planes de los soberbios, ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha encumbrado a los humildes; ha colmado de bienes a los hambrientos y despedido a los ricos con las manos vacías. Ha socorrido a su siervo Israel, acordándose de su misericordia, como había prometido a nuestros adres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre». María estuvo con ella unos tres meses y se volvió a su casa.

El evangelio nos presenta un auténtico discurso eucarístico. En unos momentos iniciales del cristianismo, en el que seguramente existiría polémica sobre el sentido último de la eucaristía, el evangelista nos presenta al mismo Jesús afirmando su presencia auténtica en el Pan y el Vino de la Eucaristía. La comunión tiene, entonces, un sentido profundo de intimidad de unión con Jesús (él habita en mí y yo en él). Grandes santos de la historia de la iglesia han insistido en la necesidad de celebrar habitualmente los sacramentos de la reconciliación y la comunión, porque la vida cristiana con sentido, coherente, sólo es posible desde esta íntima unión con el Señor.

Gracias Señor, porque en la última cena partiste tu pan y vino en infinitos trozos, para saciar nuestra hambre y nuestra sed…

Gracias Señor, porque en el pan y el vino nos entregas tu vida y nos llenas de tu presencia.

Gracias Señor, porque nos amaste hasta el final, hasta el extremo que se puede amar: morir por otro, dar la vida por otro.

Gracias Señor, porque quisiste celebrar tu entrega, en torno a una mesa con tus amigos, para que fuesen una comunidad de amor.

Gracias Señor, porque en la eucaristía nos haces UNO contigo, nos unes a tu vida, en la medida en que estamos dispuestos a entregar la nuestra…

Gracias, Señor, porque todo el día puede ser una preparación para celebrar y compartir la eucaristía…

Gracias, Señor, porque todos los días puedo volver a empezar…, y continuar mi camino de fraternidad con mis hermanos, y mi camino de transformación en ti…

Extraído de: www.aciprensa.com

Está demostrado por la experiencia que los soportes más fuertes de la juventud son los sacramentos de la confesión y de la comunión. Denme un joven que frecuente estos sacramentos y lo verán crecer en la edad juvenil, llegar a la madurez y alcanzar, si Dios quiere, la más avanzada vejez con una conducta que será el ejemplo de todos los que le conozcan.

SAN JUAN BOSCO, Obras fundamentales, BAC Madrid 1978, pág. 169-170

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