ESTUDIO DE LA PALABRA| CICLO C – DOMINGO DE RAMOS

4 abril 2022

Propuesta de Lectio Divina personal (o en grupo)

DOMINGO DE RAMOS Ciclo C (Lc 22,14-23.56) Lectura de la Bendición de Ramos

 

 

ORACIÓN

Creemos que estás en medio de nosotros, Padre, y en nuestro interior;

creemos que el Espíritu de tu Hijo nos impulsa.

Te pedimos que no dejamos de estar abiertos al Espíritu,

y que sepamos escuchar sus insinuaciones.

Que venga sobre nosotros tu Espíritu

que nos ayude a conocer más a tu Hijo

a través de la Palabra que ahora escucharemos.

(B) PASOS PARA LA MEDITACIÓN

  1. LEE…

¿Qué dice el texto?

Atiende a todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas. Para la comprensión del texto te pueden servir los comentarios que te ofrecemos a continuación.

Texto (Lc. 19. 28-40)  Lectura de la Bendición de Ramos

Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles:

«Id a la aldea de enfrente; al entrar en ella, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado nunca. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: «¿Por qué lo desatáis?», le diréis así: «El Señor lo necesita»».

 Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el pollino, los dueños les dijeron: «¿Por qué desatáis el pollino?». Ellos dijeron: «El Señor lo necesita». Se lo llevaron a Jesús y, después de poner sus mantos sobre el pollino, ayudaron a Jesús a montar sobre él.

Mientras él iba avanzando, extendían sus mantos por el camino. Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo:

«¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas».

Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Y respondiendo, dijo: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras».

Texto (Lc 22,14-23.56)

Se acercaba la fiesta de los Ázimos, llamada la Pascua, y los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo eliminarlo, pues temían al pueblo. Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce. Tras alejarse, habló con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia sobre cómo entregárselo. Y se alegraron, y convinieron con él en darle dinero.

Aquél se comprometió a cumplir su palabra y buscaba la ocasión favorable para entregárselo a espaldas de la muchedumbre.

Llegó el día de los Ázimos, en el que se debía sacrificar [el cordero de] la Pascua. Y envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: “Id y preparadnos la Pascua, para que la comamos”. Pero le dijeron: “¿Dónde quieres que la preparemos?”. Les dijo: “Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre. Y diréis al dueño de la casa: ‘el Maestro te dice: ¿dónde está la sala donde puedo comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso de arriba una sala grande que ya está dispuesta; preparad allí”. Y, marchándose, encontraron todo como se lo había dicho, y prepararon la Pascua.

Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él. Y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. Os digo, en efecto, que ya no la comeré más hasta que se cumpla en el Reino de Dios”. Y, habiendo tomado una copa, después de haber dado gracias, dijo: “Tomad esto y repartidlo entre vosotros. Os digo, en efecto, que ya desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”. Y tomando un pan y habiendo dado gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Y la copa de la misma manera, después de haber cenado, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, derramada por vosotros.

Pero, mirad, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa, porque el Hijo del hombre se va según lo que ha sido determinado, pero ¡ay de aquél por quien es entregado! Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello.

Y ocurrió también que hubo un altercado entre ellos sobre cuál debía ser considerado el mayor.

Les dijo: “Los reyes de las naciones las dominan como señores y los que ejercen la autoridad sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros no seáis así: quien sea el mayor entre vosotros hágase como el más joven, y el que gobierna como el que sirve. Porque ¿quién es el mayor, el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado a la mesa? Pero yo, en medio de vosotros, soy como el que sirve.

Pero vosotros sois los que habéis perseverado mucho conmigo en mis pruebas. Yo, pues, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí; para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

¡Simón, Simón! Mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rezado por ti, para que tu fe no desfallezca. En cuanto a ti, cuando hayas vuelto, fortalece a tus hermanos”. Y él le dijo: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte”. Y le dijo: “Te digo, Pedro: no cantará hoy el gallo hasta que hayas negado tres veces que me conoces”.

Luego les dijo: “Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?”. Respondieron:

“Nada”. Les dijo entonces: “Pero ahora, el que tiene una bolsa, tómela, y lo mismo una alforja; y el que no tiene espada, venda su manto y compre una. Porque os digo: es preciso que se cumpla en mí esto que está escrito: ‘Y fue contado entre los malhechores’. Porque lo que se refiere a mí toca a su fin”. Dijeron: “Señor, mira, he aquí dos espadas”. Pero él les dijo: “Basta”.

 

Y, tras salir, fue según su costumbre al Monte de los Olivos; y los discípulos lo siguieron también. Y llegado a ese lugar, les dijo: “Orad para que no entréis en tentación”. Y se retiró de ellos un tiro de piedra. Y, puesto de rodillas, oraba diciendo: “Padre, si quieres, aleja de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Y un ángel del cielo se le apareció entonces, que le confortaba. Y angustiado, rogaba con más intensidad; y su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Y, levantándose de la oración, yendo hacia sus discípulos, los encontró adormecidos de tristeza; y les dijo: “¿Qué? ¿Dormís? Una vez levantados, orad para que no entréis en tentación”.

Mientras estaba todavía hablando, he aquí una muchedumbre, y el llamado Judas, uno de los Doce, la precedía y se acercó a Jesús para besarlo. Pero Jesús le dijo: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”. Viendo lo que iba a pasar, los que lo rodeaban dijeron: “Señor, herimos a espada?”. Y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le arrancó la oreja derecha. Y Jesús respondió:

“¡Dejad! ¡Hasta aquí!”. Y, tras tocar la oreja, lo curó. Dijo Jesús a los que habían llegado contra él, los sumos sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: “¿Cómo contra un bandido habéis salido con espadas y palos? Cada día, cuando estaba con vosotros en el Templo, no levantasteis los brazos contra mí; pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”.

Después de haberlo prendido, lo llevaron y lo introdujeron en la casa del Sumo Sacerdote. Pedro (lo) seguía de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y se habían sentado juntos. Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verlo sentado junto a la lumbre y fijando en él la mirada, dijo:

“Éste también estaba con él”. Pero Pedro (lo) negó diciendo: “Mujer, no lo conozco”. Poco después, otro, al verlo, dijo: “Tú también eres (uno) de ellos”. Pero Pedro dijo: “Hombre, no lo soy”. Y, tras haber pasado como una hora, alguien más insistió: “En verdad éste también estaba con él; pues es también galileo”. Pero Pedro dijo: “Hombre, no sé de qué hablas”. Y al punto, mientras estaba todavía hablando, cantó el gallo. Entonces, volviéndose, el Señor miró a Pedro, y éste se acordó de la palabra del Señor que le había dicho: “Hoy, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Los hombres que lo tenían preso se burlaban de él y lo golpeaban. Y tras cubrirlo con un velo lo

interrogaban diciendo: “Profetiza, ¿Quién es el que te ha golpeado?”. Y proferían contra él muchas otras injurias.

Cuando se hizo de día, se reunió la asamblea de ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas; y lo llevaron a su Sanedrín, diciendo: “Si eres el Mesías, dínoslo”. Pero les dijo: “Si os lo digo no me creeréis; y si os pregunto no me responderéis. Mas a partir de este momento, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios”. Todos dijeron: “¿Así que tú eres el Hijo de Dios?”. Les dijo: “Vosotros decís que yo lo soy”. Dijeron entonces: “¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca”.

Luego, levantándose toda la multitud formada por ellos, lo condujo ante Pilato. Y se pusieron a

acusarlo diciendo: “A éste lo hemos encontrado pervirtiendo a nuestra nación, impidiendo pagar los tributos al César, y diciendo que es Cristo rey”. Pilato lo interrogó diciendo: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Le respondió diciendo: “Tú (lo) dices”. Pilato dijo entonces a los sumos sacerdotes y a la muchedumbre: “No encuentro ningún delito en este hombre”. Pero ellos insistían diciendo que agitaba al pueblo enseñando por toda Judea, comenzando por Galilea y hasta aquí.

Al oír esto, Pilato preguntó si el hombre era galileo y, al saber que dependía de la jurisdicción de

Herodes, lo envió a Herodes, que estaba también en Jerusalén en aquellos días. Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque estaba queriendo verlo desde hacía tiempo a causa de lo que oía decir sobre él, y esperaba ver algún signo realizado por él. Le hizo numerosas preguntas, pero él no respondió nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y lo reenvió a Pilato. Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, porque antes estaban enemistados entre sí.

Y Pilato, que había convocado a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, les dijo: “Me habéis traído a este hombre por haber alborotado al pueblo, pero ved que yo, después de haber realizado la instrucción en vuestra presencia, nada encontré en este hombre que merezca condena por los hechos de los que lo acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha reenviado; y ved que nada hay digno de muerte en lo que ha realizado. Así pues, tras haberle infligido un castigo, lo soltaré. Pero todos juntos dijeron gritando: “¡Elimina a éste y suéltanos a Barrabás!”. Éste había sido encarcelado a causa de un levantamiento producido en la ciudad y a causa de un homicidio. Pilato les declaró de nuevo que quería liberar a Jesús. Pero ellos clamaban cada vez más fuerte diciendo: “¡Crucifica, crucifícalo!”. Por tercera vez les dijo: “¿Qué mal, pues, ha hecho éste? Nada digno de muerte encontré en él. Después de haberle infligido un castigo, lo soltaré”. Pero ellos insistían en reclamar a grandes voces que fuera crucificado. Y sus gritos arreciaban. Pilato juzgó entonces que había de aceptar su demanda. Soltó, pues, al que reclamaban, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio. Y a Jesús, lo entregó a su voluntad.

Y cuando lo estaban llevando, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo. Le pusieron la cruz sobre él para que la llevara detrás de Jesús. Y lo seguía una gran muchedumbre del pueblo, así como mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Y, volviéndose hacia ellas, Jesús les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. He aquí que vienen días en los que se dirá: ‘Bienaventuradas las mujeres estériles, los vientres que no engendraron y los pechos que no criaron’. Entonces comenzarán a decir a los montes: ‘Caed sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Cubridnos’; porque, si hacen esto con el leño verde, ¿qué ocurrirá con el seco?”. Y llevaron otros dos malhechores para ser ejecutados con él.

Y cuando llegaron al lugar llamado “Calavera”, lo crucificaron allí y a los malhechores, uno a su

derecha, el otro a su izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Luego, se repartieron sus vestidos y los sortearon.

Y el pueblo estaba allí de pie mirando. Pero los jefes se mofaban diciendo: “Ha salvado a otros,

sálvese a sí mismo si éste es el Mesías de Dios, el elegido”. Los soldados se burlaban también de él acercándose, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Y había también una inscripción encima de él: “Éste es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros contigo! Y el otro, abroncándole, respondió: “¿No temes ni a Dios? Porque estás sometido a la misma condena. Porque nosotros recibimos con razón un castigo que corresponde a lo que cometimos; pero éste nada malo hizo”. Luego decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Jesús le dijo: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Era ya cerca de la hora sexta [mediodía] y la tiniebla cubrió toda la tierra hasta la hora nona [tres de la tarde], al haber desaparecido el sol. Y el velo del Templo se rompió por la mitad. Y gritando con fuerte voz, dijo Jesús: “Padre, a tus manos confío mi espíritu”. Tras haber dicho estas palabras, expiró. Y a la vista de lo que había ocurrido, el centurión glorificaba a Dios diciendo: “Realmente, este hombre era justo”. Toda la muchedumbre, que se había agrupado para asistir a este espectáculo, y que había contemplado lo que ocurría, se volvió golpeándose el pecho. Y todos sus conocidos se mantenían a distancia, al igual que las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea, viendo estas cosas.

Y he aquí que había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo -no había dado su consentimiento a su proyecto ni a su acción-, originario de Arimatea, ciudad de los judíos. Éste, que esperaba el reino de Dios, acercándose a Pilato, pidió el cuerpo de Jesús. Y descolgándolo, lo envolvió en una mortaja y lo depositó en una tumba de piedra tallada donde nadie había sido puesto hasta entonces. Ese día era de preparación [viernes] y apuntaba el sábado. Las mujeres que habían venido con él acompañándolo desde Galilea observaron la tumba y cómo fue colocado su cuerpo. Una vez de vuelta, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.

Comentarios:

Al principio, el cordero pascual no sólo se degollaba sino que se consumía también en el área del Templo. Con el tiempo, el lugar no daba abasto para ello, por lo que la ciudad entera se convirtió en el espacio sagrado conveniente. Los habitantes de Jerusalén estaban dispuestos a poner locales a disposición de los peregrinos.

Debían estar dispuestos incluso a prestar gratis este servicio. Ningún habitante de Jerusalén, en efecto, debía considerarse como propietario. La ciudad santa pertenecía a Dios, y luego, por delegación, al pueblo entero.

Prestar una sala significaba, pues, reconocer estos derechos, divino y del pueblo. La docilidad del propietario se explica así por esta tradición religiosa. Los huéspedes que estaban de paso expresaban normalmente su agradecimiento dejando al dueño del local la piel del cordero degollado. Lucas, como los demás evangelistas, habla de comer la Pascua, pero no señala nunca explícitamente el cordero, ni su inmolación. ¿Es para evocar mejor que la Cena es una comida totalmente nueva? Lucas da el nombre de los dos enviados: ¿escoge a Pedro y Juan, futuros portavoces de la iglesia de Jerusalén, para subrayar la importancia de la tarea o, al contrario, para indicar que la autoridad apostólica se ejercita en las labores más modestas? Es difícil decidir. La respuesta de Jesús a los discípulos (vv. 10-12) constituye el corazón del episodio. Menciona sólo realidades humanas, pero lo hace con una precisión tal que prepara el encuentro milagroso, el sincronismo providencial. Los discípulos encuentran todo como había anunciado el Maestro. Este episodio tiene una función particular: mostrar que Jesús dominaba su destino y se preocupaba de respetar la religión de su pueblo en el momento en el que otros, los dirigentes judíos, olvidaban los principios con motivo del complot que iniciaban. En el v. 14, el título «apóstoles» confiere una solemnidad eclesial a la escena. Esta cena no tendrá sólo un valor litúrgico, sino también un alcance soteriológico.

  1. MEDITA…

¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Sugerencias:

“Los que  hablan de «despedida», pero se equivocan sin duda si piensan en un «discurso» de adiós.”

 “Jesús, nos asegura que el Padre está en nuestro interior, en lo secreto de nuestro corazón.”

  • ” Esto es mi cuerpo”
  • “Perdonales”
  1. CONTEMPLA Y REZA…

¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Sugerencias:

Señor Jesús, no logro entender, menos aceptar

Que tu muerte es mi vida, qué tu cruz sea mi salvación.

¡Menos lógico me parece aún que tú Padre nos haya amado tanto!

  1. ACTÚA…

¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

  1. COMPARTE…

Si la Lectio se hace en grupo, podéis compartir con sencillez lo que cada uno ha descubierto, para enriquecimiento del grupo.

  1. DA GRACIAS…

Puedes acabar este momento con una oración: expresa a Dios lo que has vivido, dale gracias por lo que te ha manifestado, y pide al Espíritu que te haga pasar de la Palabra a la vida.

 

Ven, Espíritu Santo,

ilumina mi corazón para que pueda entender la Palabra,

conocer más a Jesús

y hacer que en mi vida camine con criterios evangélicos.

 

Fuente (comentarios y sugerencias): Editorial CCS

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